El doble timbrazo
comunicacio | 11 juny 2010Mónica pulsó dos veces el timbre mientras giraba la llave en la cerradura, abrió la puerta y saludó con un “Hola, Tomás”. Eran las nueve de la noche, había cerrado la oficina, había cargado la compra del super en el maletero de su utilitario , que aparcó a unas dos calles de casa de Tomás. Camino al portal llamó a casa, donde sus hijos, le dijeron que estaban cenando y que a papá , le habían salido unos raviolis muy buenos, que fregarían los platos y que estuviera tranquila con “su amigo” Tomás.
Tomás, escuchó el doble timbrazo, una especie de contraseña de Mónica, su voluntaria favorita, se arregló ligeramente el pelo, mientras procuraba escampar el humo del cigarrillo recien apagado, y apartó la bandeja de la cena.
La habitación estaba limpia, como el resto del piso. Lucía, la asistenta que iba tres veces por semana le había dejado la cena lista, la nevera llena y algunos platos preparados. Los hijos de Tomás, que vivían en otra ciudad, se encargaban mensualmente de arreglar con la asistenta todos los temas domésticos y visitas médicas de su padre.
Mónica al entrar en la habitación, miró a Tomás y le riñó como cada viernes, “Tomás no te esfuerces, aún huele a tabaco, y ya sabes que no deberías fumar, cabezota”.
“Si no hubiera sido cabezota toda la vida, no habría llegado a los 80 hecho un chaval, Mónica, y ahora que ya voy para 92, que mal me hará ahora el cigarrito de las comidas?”, contestó Tomás con mirada traviesa.
Les pasó el rato volando, casi dos horas, Mónica le había llevado un libro, hablaron de la película de anoche en la tele, de las noticias de la semana, del calor que empezaba a hacer y del cole de los hijos de Mónica.
Al despedirse, Mónica acarició la mejilla rasurada del anciano, una tarea fija de Lucía todos los viernes, por deseo expreso de Tomás.
Eran mas de las once, entraba en el ascensor de su casa, sabía que le esperaba un plato de raviolis que se calentaría en el microondas, y que les volvería a explicar a sus hijos que conocía a Tomas hacía mas de cuarenta años, que cuando ella tenía 9 años y le tuvieron que quitar aquel tumor con una operación que la tuvo en casa casi todo un año, que había unas tardes por semana que iban unas voluntarias a jugar con ella, a repasar lecciones, ver la tele o simplemente hacerle compañía, y que tambien iba un voluntario. Que le gustaban mucho aquellas visitas, y que los viernes, cuando oía el doble timbrazo en el interfono, al preguntar “quien era”, ya sabía lo que iba a oir: “Tomás , el voluntario”.
Josep Anton Navarro
Voluntari de la Fundació Enriqueta Villavecchia
Relat participant al Primer Concurs de Relats de Voluntariat Social
